Me enamoré de esta profesión en las prácticas de urgencias. Llegaba pronto, salía tarde y pedía que me enseñaran más de lo que me tocaba.
En la carrera también hice prácticas en el servicio de hospitalización a domicilio, y me encantaron. Fue la primera vez que vi lo que cambia cuidar a alguien en su propia casa. Algunos días volvía a mi piso compartido con verduras, magdalenas o lo que nos hubiera regalado algún paciente. Ahora no lo hago por eso, aunque tampoco me voy a negar ;)
Después hice el Experto en Urgencias y Emergencias y trabajé seis años en el Servicio Vasco de Salud, en Vitoria. Pasé por casi todos los servicios de sus dos hospitales, sobre todo por urgencias: triaje, reanimación, ictus, infartos… Ahí aprendí a distinguir rápido lo grave de lo que no lo es, y a mantener la calma cuando más falta hace.
Al otro lado de la cama
Con 23 años me tocó estar al otro lado: una meningitis me tuvo un mes ingresada. Ahí aprendí algo que no enseñan en la carrera: la enfermera que te atiende cambia tu día entero e influye incluso en cómo se desarrolla tu recuperación. Cómo te habla, si te explica las cosas, si tiene prisa o tiene tiempo para ti…
No me acostumbré
En 2020 me mudé a Guadalajara, en plena pandemia. Trabajé en planta, en urgencias, en rastreo COVID y en varios sitios a la vez. Vi a personas mayores atendidas con demasiadas prisas y sin la dignidad que merecían. Yo no entendía nada, pero algunos compañeros me decían que «me acostumbraría» a esa manera de «atender pacientes».
Mentira, no me acostumbré. Me quemé y me fui: no de la enfermería, sino de los lugares en los que no se puede ejercer con ética y dignidad.
Tiempo y libertad
Los años siguientes trabajé como enfermera de empresa, en atención telefónica para aseguradoras, formando a personas en reanimación y desfibrilador, y haciendo turnos en una residencia de personas con lesión medular. En todos los sitios comprobé lo mismo:
Cuando tengo tiempo y libertad para estar con alguien, soy mucho mejor enfermera.
Recuerdo a un trabajador con un ataque de ansiedad con el que pude quedarme dos horas. En un hospital saturado no le habría podido dedicar ni cinco minutos.
Entonces empecé a atender a algunos pacientes en sus casas. A su ritmo, sin cronómetro, con mi criterio, y fue lo que más me llenó en años.
Por qué he vuelto
Aun así, pensaba que necesitaba «algo más» y emprendí un negocio online que no tiene nada que ver con la enfermería. Funciona, pero no me llena: me falta sentir que mi trabajo cambia algo en la vida de alguien.
Echo mucho de menos la enfermería: ayudar a pacientes y familias, sentir esa gratitud cuando ayudo a alguien a mejorar su salud o, simplemente, a vivir su proceso con tranquilidad y sin miedo.
Pero no lo puedo hacer como muchas veces el sistema pretende: sin recursos, sin tiempo y sin las condiciones para hacerlo bien.
Por eso he vuelto de manera autónoma, como enfermera a domicilio. Para cuidar como me gustaría que cuidaran a mi familia: con tiempo, con honestidad, explicando cada cosa, con el ojo clínico de urgencias y con respeto por tu dignidad, tu familia, tu casa y tus costumbres.
Para mí es un regalo ser tu enfermera.
Elena